jueves, 5 de febrero de 2015

La Loba Blanca de la Manada: Capítulo 4

El bosque está húmedo y huele muy fuerte. Pero aun así el olor de las presas y del resto de la manada sigue presente. Mamá corre a mi lado y el Alpha va delante. La manada se mueve unida, y corremos a través de los árboles siguiendo un rastro que desconozco. Aún no puedo diferenciar el olor de las presas, no sé si sigo un conejo o un hurón. Pero yo sigo a los demás lobos y corro frenética entre la maleza. Mi madre me manda imágenes del bosque, de nuevos animales que todavía no he descubierto. Los asocia a sensaciones, olores, sabores.

De golpe, un ser extraño aparece en mi mente. No tiene pelo en el cuerpo y se apoya en las patas traseras para caminar. Le envío mi desconcierto y no me responde. Debe de ser otro tipo de presa. Guardo su imagen y la etiqueto como caza. Algo me dice que esto no encaja, pero si Mamá lo dice debe de estar bien. 

Un olor desconocido se abre paso por mis fosas nasales. Sigo el rastro separándome de la manada y troto hasta uno de los lindes del bosque siguiendo la esencia. Una criatura parecida a la imagen que he recibido antes. Pero es más pequeño, debe ser una cría. Y se ha separado de sus padres, porque está solo.

Me agazapo entre los arbustos, preparada para saltar. Va a ser mi primera presa, y va a hacer que me gane un puesto en la manada. Sigo al animal con la mirada. Y de golpe me ve y huelo un cambio en su estado de ánimo. Es un olor parecido al que desprenden los cachorros más jóvenes cuando ven a un conejo solo o al Alpha volver de caza. Se acerca a mí con una pata extendida y siento el miedo agarrarme las patas. Un gruñido sube por mi garganta, no quiero que se me acerque más. Pero sigue moviéndose hacia adelante. No me oye y ya casi le tengo encima.


Un aullido se eleva en el aire y en menos de un segundo la sangre del cachorro explota en mis fauces. Un grito antinatural surge de su garganta y le arrastro bosque adentro. Aúllo de nuevo, pido ayuda a mi manada. No me importa que sea de día, estoy perdida y no sé qué hacer.


La presa ha dejado de gritar, gimotea como si le doliera mucho. Pero mis dientes ya no están clavados en su carne. El Alpha y el otro lobo negro llegan al claro donde el animal yace hecho un ovillo. Le olisquean y me preguntan. Les envío mi percepción, les digo: “He cazado yo sola”, pero no me responden. Entonces llega Mamá, y se pone al lado del Alpha. Se huelen y supongo que se manda imágenes también, hasta que al fin Mamá se me acerca. Me obliga a olisquear al animal herido y me manda señales de que he hecho algo mal. Me vuelve a llegar la imagen del ser de dos patas junto con una nueva sensación. Peligro, no debo acercarme a esa especie. Luego me da un par de lametazos y me ayuda a arrastrar al ser.



Poco después, me transforme en humana. Esa había sido mi primera transformación larga, así que todo me resultaba nuevo. Cuando los recuerdos fueron viniendo y vi al niño me escandalicé y el pánico me estremeció. Al poco rato empecé a recomponerme y decidí llevarle a casa. Le quité al niño la chaqueta que llevaba y me la puse. No quería ir desnuda. A mis 13 años, todo eso era demasiado para mí. Me cargué al chico medio inconsciente a la espalda y me dirigí a mi casa.


Cuando llegué, tendí al chico en la isla de la cocina y subí corriendo a mi habitación. Me puse algo de ropa encima y cogí el botiquín y volví a bajar corriendo a la cocina. Por el camino cogí el teléfono y marqué el número de Justin a toda prisa.


– ¿Justin eres tú?
– Dios mío, ¿Lydi? Has vuelto – le oigo suspirar – ¿Quieres que te recoja con la bici?
– No, no. Ya estoy en casa necesito que vengas aquí ahora mismo. Ha… pasado algo. Tienes que venir de verdad. – Mi voz se quiebra un poco y oigo como Justin grita adiós a sus padres.
– Ya estoy de camino. En 10 minutos estoy entrando por la puerta.


Por aquel entonces, Justin ya había pasado noches conmigo en los invierno así que se conocía la casa y el camino como la palma de su mano. Después de colgar entré en la cocina y me decidía curarle la herida al niño. Le desperté como pude, necesitaba hablarle, decirle algo. Abrió un ojo pero enseguida volvió a cerrarlo. Estaba muy pálido, así que pensé que lo mejor era curar la herida del mordisco. Cogí el alcohol y la desinfecté un poco antes de envolverle el brazo con una enorme gasa lo más apretado que mis temblorosas manos me permitieron. Una vez la hemorragia empezó a parar, le llevé al sofá y le dejé que durmiera un rato.


Justin llegó a los pocos minutos y me ofreció la calma y la tranquilidad que yo sola nunca podré conseguir. Rory despertó tras un par de horas, y el susto que se llevó no se lo va a pagar nunca nadie. Al ser un niño conseguimos que lo entendiera sin asustarse tanto como un adulto, pero aún había un montón de problemas que solucionar.

Ese año fue en el que los padres de Justin se enteraron de nuestro secreto. Ellos tampoco reaccionaron tan mal como pensé que lo harían. Si no fuera por ellos, jamás habríamos salido de aquel paso.

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